domingo, 27 de enero de 2008

Mensajero del jazz, por Haruki Murakami

El escritor japonés Haruki Murakami es una de las plumas más atractivas de la literatura mundial. Lo descubrí como casi todos con su best-seller "Norwegian Wood" (en español pierde su referencia beatle con ese comercial "Tokio Blues") y todo lo que he leído de él me ha resultado interesante. Utiliza esa prosa hipnótica, que te atrapa como la caña de un pescador, a través de frases que parecen no contar gran cosa, y sin embargo ¡no puedes parar de leer!. Hoy os traigo un artículo que ha sido publicado en el ABCD, en el que relaciona su vocación literaria y su creatividad artística con el ritmo y la improvisación del jazz. No suelo escuchar música mientras leo novela o ensayo (sólo pongo fondo musical a la lectura de revistas de rock y cómics), pero sus palabras son muy inspiradoras.

Mensajero del jazz

Nunca tuve intención de convertirme en novelista, al menos hasta que cumplí 29 años. Es la pura verdad.

He leído mucho desde que era pequeño, y me sumía tan profundamente en los mundos novelísticos, que mentiría si dijera que jamás me apeteció escribir nada. Pero nunca creí tener talento para crear ficción. De adolescente me gustaban autores como Dostoievski, Kafka y Balzac, pero nunca imaginé que podría escribir algo que estuviese a la altura de las obras que nos dejaron. Por tanto, a una temprana edad, sencillamente abandoné toda esperanza de escribir ficción. Decidí que seguiría leyendo libros como afición y buscaría otra forma de ganarme la vida.

El campo profesional por el que opté fue la música. Trabajé duro, ahorré dinero, pedí cuantiosos préstamos a amigos y familiares, y al poco tiempo de abandonar la universidad abrí un pequeño club de jazz en Tokio. Servíamos café durante el día y copas por la noche. También ofrecíamos algunos platos sencillos. Teníamos música puesta sin parar y jóvenes músicos tocando jazz en directo los fines de semana. Continué con ello durante siete años. ¿Por qué? Por una sencilla razón: me permitía escuchar jazz de la mañana a la noche.

Kobe, Enero de 1964. Viví mi primer encuentro con el jazz en 1964, cuando tenía 15 años. Art Blakey and The Jazz Messengers actuaban en Kobe en enero de ese año, y me regalaron una entrada por mi cumpleaños. Era la primera vez que realmente escuchaba jazz y me dejó boquiabierto. Me quedé pasmado. La banda era fantástica: Wayne Shorter al saxo tenor, Freddie Hubbard a la trompeta, Curtis Fuller al trombón y Art Blakey liderando el grupo con su sólida e imaginativa percusión. Creo que fue una de las formaciones más potentes de la historia del jazz. Jamás había escuchado una música tan impresionante y me cautivó.

Hace un año, en Boston, cené con el pianista panameño de jazz Danilo Pérez, y cuando le conté esta historia, sacó su teléfono móvil y me preguntó: «¿Te gustaría hablar con Wayne, Haruki?». «Claro que sí», respondí yo, casi sin saber qué decir. Básicamente, lo que le expliqué es que nunca antes o después había escuchado una música tan espléndida. La vida es muy extraña, nunca sabes qué va a ocurrir. Ahí me tenían, 42 años después, escribiendo novelas, viviendo en Boston y hablando con Wayne Shorter por un teléfono móvil. Jamás lo habría imaginado.

Cuando cumplí 29 años, me invadió la repentina sensación, salida de la nada, de que quería escribir una novela, de que podía hacerlo. No podría crear nada a la altura de Dostoievski o Balzac, por supuesto, pero me dije a mí mismo que no importaba. No tenía que convertirme en un gigante literario. Aun así, no tenía ni idea de cómo abordar la creación de una novela o de qué escribir. Al fin y al cabo, no tenía la más mínima experiencia, ni ningún estilo listo para usar a mi disposición. No conocía a nadie que pudiera enseñarme a hacerlo, y ni siquiera tenía amigos con los que pudiera hablar de literatura. En lo único en que pensaba en aquel momento era en lo maravilloso que sería poder escribir como si tocara un instrumento.

«Así arrancó mi estilo». De niño había practicado con el piano, y podía leer suficiente música como para reproducir una melodía sencilla, pero no poseía la técnica necesaria para convertirme en músico profesional. Sin embargo, en mi fuero interno, percibía con frecuencia que una especie de música propia se arremolinaba en una marea rica y poderosa. Me preguntaba si me sería posible transferir esa música a la escritura. Así arrancó mi estilo.

Ya sea en la música o en la ficción, lo más elemental es el ritmo. Tu estilo tiene que tener un buen ritmo, natural y continuo, o la gente no seguirá leyendo tu obra. Conocí la importancia del ritmo gracias a la música, y principalmente por el jazz. Luego está la melodía, que en la literatura significa la colocación adecuada de las palabras para que sigan el ritmo. Si las palabras encajan con el ritmo de modo fluido y hermoso, no puedes pedir más. A continuación está la armonía, los sonidos mentales internos en los que se sustentan las palabras. Y luego viene la parte que más me gusta: la improvisación libre. A través de un canal especial, la historia mana con libertad desde dentro. Lo único que tengo que hacer es dejarme llevar.

Una cima maravillosa. Por último, llega el que tal vez sea el aspecto más importante: ese subidón que experimentas al completar una obra, al finalizar tu «actuación» y sentir que has conseguido llegar a un lugar que es nuevo y revelador. Y si todo va bien, puedes compartir esa sensación de elevación con tus lectores (tu público). Es una cima maravillosa que no se puede alcanzar de ninguna otra manera.

Por tanto, casi todo lo que sé sobre escritura lo aprendí de la música. Quizá suene paradójico, pero de no haber estado tan obsesionado con la música tal vez no habría sido novelista. Incluso ahora, casi 30 años después, sigo aprendiendo mucho sobre la labor de escribir gracias a la buena música. Mi estilo está tan profundamente influido por los riffs libres y espontáneos de Charlie Parker, por ejemplo, como por la elegante fluidez de la prosa de F. Scott Fitzgerald. Y sigo tomando como modelo literario esa cualidad de constante renovación que tiene la música de Miles Davis.

Uno de mis pianistas de jazz favoritos de todos los tiempos es Thelonious Monk. En una ocasión, cuando alguien le preguntó cómo lograba extraer ese sonido especial del piano, Monk señaló el teclado y dijo: «No puede ser una nota nueva. Si te fijas en el teclado, todas las notas están ahí. Pero si deseas expresar esa nota lo suficiente, sonará distinta. ¡Debes elegir las notas que realmente quieras expresar!».

A menudo recuerdo esas palabras mientas escribo, y pienso para mis adentros: «Es cierto. No existen palabras nuevas. Nuestra labor consiste en infundir nuevos significados y matices especiales a palabras del todo corrientes». Esa idea me resulta tranquilizadora. Significa que todavía nos aguardan grandes extensiones desconocidas, territorios fértiles que esperan que los cultivemos.

Haruki Murakami