sábado, 26 de abril de 2008

Un hombre sin suerte



A Willie Nile no le conoce ni Dios. No importa que Bruce Springsteen, Lou Reed o Bono hablen maravillas de él. Tampoco importa que haya girado con The Who o con el mismísimo Ringo Starr y su All-Star Band. O que haya compuesto el homenaje más hermoso a su gran amigo Jeff Buckley, la emotiva canción "On the road to Calvary":




Willie Nile es un hombre sin fortuna. Por eso en su gira española ha venido él sólo, sin su banda, y quienes le acompañan son Los Madison, además del guitarrista de Stormy Mondays Jorge Otero. Tipos solventes y amantes del rock que han hecho brillar aún más a este pequeño gran hombre, que cuando saca su faceta de cantautor se acerca a Bob Dylan, y cuando rockea duro es una especie de Kiz Richards americano con toques de E-Street Band y Tom Petty. Un tipo cuyos dos últimos discos se encuentran entre lo mejorcito del género, aunque nadie se haya enterado todavía. Su "Streets of New York" se ha convertido en mi disco de cabecera de las últimas semanas. Como Marah, (del que por cierto es amigo, si es que todo está conectao, incluida la mala suerte) sigue a la espera del boom comercial. A unos les toca y a otros no, parece cosa del destino. O del márketing. Y es que en Willie Nile no hay pose, ni trampa ni cartón. Es feo, bajito y sus canciones no suenan en anuncios de Nike.




En el concierto del pasado miércoles en Madrid, en la sala Moby Dick, Nile optó por su faceta rockera y se esforzó al máximo para dedicar unas palabras en español al respetable. Comenzando por "Welcome to my head" de Streets of New York fue desgranando su repertorio más enérgico, dedicado a su país (Hard times in America), sus amigos (Best Friends Money Can Buy), las víctimas del 11M -Cell Phones Ringing (In The Pockets Of The Dead)- y versiones de Stones (She´s so cold), The Who (Substitute) y Ramones (I wanna be sedated). Todo un show empeñado en que el público, que llenaba la sala, pero es que es una sala pequeña, participara en el espectáculo. El momento más emotivo se produjo durante la mencionada "On the road to Calvary", la única balada de la noche, el único respiro entre canciones que abogan por la fiesta, la rabia o la energía, pertenecientes en su mayoría a sus dos últimos trabajos. Los Madison, banda española que lo acompañaba y que además ejerció de telonero, cumplió su papel con ese sonido tan Springsteeniano y más pasión que técnica. Mención especial a Jorge Otero (un cruce entre el Doctor O Boogie y el Follonero de Buenafuente) que supo estar a la altura de las circunstancias.

Entre el público, gente tan ilustre como ese rockstar español que es Quique González y el mayor fan español de Bob Dylan, según el documental "Las huellas de Dylan", Antonio Iriarte, que formaban parte de una audiencia con una media de edad que superaba con creces la treintena. Si el tipo no sale en la MTV, ¿qué queréis? Al final pude estrecharle la mano, darle las gracias y me firmó, as usual, el cd de "Streets of New York". Misión cumplida.


Y mañana, de nuevo a la capital, para presenciar a otros tipos que tampoco es que sean mucho más afortunados y exitosos. Mark Lanegan quedó a la estela de las famosas bandas del grunge, y Dulli nunca encajó realmente en ninguna escena: demasiado soul para el grunge; demasiado rockero para el soul o el pop. Su nuevo proyecto, The Gutter Twins, difícilmente va a cambiar eso, pero nos brindará a los que los seguimos desde siempre, una oportunidad única para unir dos universos contrarios y comunes a un tiempo.

El rock crepuscular de los Screaming Trees del impertérrito Lanegan:



Y la melancolía y el hedonismo decadente de los Afghan Whigs del hiperactivo Dulli



De la mezcla de ambos, surgen canciones como esta:



Y mientras, uno se pregunta de qué depende el éxito, y por qué a algunos nunca les llega. Willie Nile aún no ha dejado su trabajo de edición en televisión y tardó una eternidad en editar su último disco. Otros sólo necesitan un concurso de talentos para vender millones de copias. Quizás es que tiene que ser así, que el rock de verdad tiene que ser maldito, minoritario, desconocido, para recuperar lo que perdió hace tiempo. Al menos ese es el consuelo romántico para el que queda a la sombra de los grandes.